A los árboles

“ i thank You God for most this amazing day; for the leaping greenly spirits of trees and a blue true dream of sky; and for everything which is natural which is infinite which is yes” Edward Estlin (E.E.) Cummings (Cambridge, Mass., EEUU. 1894 – 1962) “Attention is the beginning of devotion” Mary Oliver (Maple Heights, Ohio, USA, 1935 – )

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Reclamo para nuestro siglo, Moribundo no en tiempo sino de factura, Que la esencia del vivir está desahuciada. Que teniendo frente a nosotros la expresión clara de lo Divino, Nos erguimos cual semi-dioses, tontos, imbuidos de ignorancia, Estériles mentales, A arrebatarnos lo plausible. 

Bárbara ecuación. Mortal pretensión. Criminal actuar. 

De entrada sentencio, Cual Juez Promiscuo Municipal, Cardenal, Imam o Chamán, Que tenemos de presente la majestuosidad de un Dios: Llámese Jehová, Shiva, Alá o Madre Tierra. 

Vemos su mano Divina, Regia, En la Naturaleza, Esculpida de mil formas, De miles de formas. Frondosa para obviedad, y De ecuménica sazón. Imbuida Ella de colores y olores orgásmicos. Vidas egregias. Todas táctiles. Todas perfectas. 

En honra, recuerden: arreboles coloridos lluvias torrenciales días soleados; y los grises, lindos ellos flores, ah, las flores… árboles, tantos y tan bellos como las flores fauna, tal, que nadie ni en mil vidas podría soñarla

pesares, sonrisas, nacimientos, muertes
cosas minúsculas y otras mayúsculas
besos, abrazos, adioses
amores, odios, reencuentros
y ese adalid de girar eternamente por galácticas constelaciones.

Recuerden, homo no-sapiens,
Que cohabitamos con criaturas alucinantes:
parlantes unos,
otros mudos,
los voladores,
los reptadores,
los navegantes y los inmóviles,
los miniatura y
los fenomenales.

Todos paradisíacos.
Todos,

Hermosos.

Empero,
A futuro, extintos.
Tenemos a la vista, pues,
La Naturaleza.
La oímos plenipotenciaria,
A instantes en algarabía.
(una gala oírla)
Nos obsequia Ella el sonorizarnos,
Tanto, tanto, tanto,
Que vociferamos al unísono horror y perdón.
Y Nosotros, ah
Siendo tan poco, tan poco, tan, tan poco, que
No sabemos a dónde vamos, ni quiénes somos.

De tan tremenda presencia es Ella para Nosotros,

Que clamo, no es menos que la Divinidad misma hecha Planeta.
(No creo en el dios humanizado, ¿saben? Ni en profetas catárquicos)
A diestra y siniestra gozamos de objetos de alabanza.
Puros y asépticos, sobre los que sólo cabe
Un Amén.
Agora, tuvo Ella a bien darnos de factura, la torpeza.
(extraño precepto, pero veraz)
Poseídos, volcamos el alma a destruir.
Por atributo.
Somos caníbales de nuestra propia existencia.
Tercos en nuestra imbecilidad.

Mortecinos de herrumbre.
Cabe sincera la idea de que la proveniencia de todo lo terrenal,
Verbatim literae: del Olimpo, el Paraninfo, el Cielo, Nirvana o el Paraíso de Alá,
(a según vuestro credo y fervor)
Nos pieza como meras herramientas,
Fabriles,
Que en crescendo,
Nos irgue vórtices tenebrosos.
Por mandato.
De Natura.
(¿Curioso esto ah?)
Verso entonces en siguiente, energúmeno, estos pensares heréticos:
Que nos persigue iracundo el Dios.
Que tras pírricos cincuenta siglos, nos caza la Muerte,
– intrínseca habitante y compañera del Todo -.
No les quepa duda que faltando:
Ellos, Ellas, Estos, Estas, Esos, Esas, nuestras
Beldades y realidades hermanas,
Que por cognición mundana sabemos terrenales,
Tendremos el Hades por hábitat:
habrá miseria,
infamia y hambre.
lo pacífico se hará agreste.
lo delicioso horrendo.
habrá más cal y más calor; más frio que felicidad; más angustia que cobijo.
Nada de lo que conocemos será:
lo que huele, ya no lo hará;
lo que sabe, yacerá insípido;
lo audible, insonoro.
los colores, en adelante, ocres.
lo conocido, misterio.
habrá muerte a plenitud.
habitaremos con hastío un embrujo.
Un Infierno.
La especie no lo será más.
Por eso me pienso, y vivo, de cabeza gacha.
Soy nadie.
Ni siquiera existí.
Dos parpadeos y olvidado estoy.
En un instante, conspicuo, fugaz,
Paso al estado volátil.
Mero Hombre; ninguna cosa otra.
Declino que esta ciencia que canto no viene de mí vacua.

Ni ofrezco este sentir impune,
Pues me abrazan miles de aires, cantos y gemidos,
De un sinfín de criaturas, de alientos y telepatías, que saben,
Que Su,
El 
Devenir habrá de suceder.
A mano propia.
De no,
Calzo esta idea: revivirnos.
Por decenios se nos alerta cuán macabro ha de ser el colofón de la Vida.
Y las gentes: inertes.
Cual minerales.
Fatal esto,
Que sabiéndonos inmisericordes con la Vida,
Osamos precaución ninguna.
No sé si por escritos, gestos, aires legibles, o energías desconocidas, puedo
Me corresponde,
Aseverar que tiene valor sagaz lo que gimo.
(y gimo a gritos ¿Me oyen?)
Me digo amanuense.
Transcribo gitano – por lo efímero -,
Lo que de presente entrego:
Soy verbo.
Soy hechizo de mis mentores terrenales.
Me han hablado y he oído.
Y por la ternura que le tengo al alma humana, a la animal, a la vegetal y mineral,
Entrego,
Alicaído, esta docencia.
Sepan que ardo triste,
Al decirles,
En plegaria,
Colmados de sabiduría
(¿ya sienten el plural?)
Que somos macabros.
Ni más ni menos.
Inclementes con La Heredad.
Capaces de roer la herramienta más versátil del existir: la Tierra.
(deténganse a releer este precepto que es la esencia misma del clamor presente)
Sobre qüesto sindico, hediondo de hidalguía planetaria,
Que no servirán ya el llanto ni el perdón.
Si acaso,
El silencio infame.

Entro entonces en pleno a lo que evidencia este lienzo tétrico:

los árboles.
Son ellos, entre tantas otras cosas y emociones,
Los ojos en la faz de la Tierra.
Son el hondo cantar del mundo silente.
Son la base y dan la frecuencia del respirar humano.
Son la sombra de la lluvia, y al tiempo,
El epicentro del rayo mortal.
Hipócritas, oyen y callan.
Viven a por miles. Miles de miles. Miles de miles de millones.
Pero se acaban.
Cierto es.
Cada día se pierden decenas de miles.
Hay especies que ya no se reproducen.
Hay solitarios individuos de una otrora colonia genética.
Hay huérfanos y viudas.
Entretanto,
Nos auscultan, y
Nos remembran cotidiano lo pedestres, lo pobres, lo espiritualmente vacuos que Somos.
Nos castigan, furibundos, con inmolaciones siniestras. Con perfidias.
Ahora bien, de Natura, igual:
alivian nuestros aires inmundos,
corrigen nuestros suelos,
atraen, encauzan y limpian nuestras aguas,
dan verdor y cobijo.
secuestran a bien nuestros gases inmundos.
Son el hogar de la creación.
(atención, repito: son el hogar de la creación)
Castigan con crueldad, estas plantas altas, señoriales,
Nuestra anuencia.
Odian nuestra posesión antipática del Planeta.
Ríen al mecerse, en augurio,
De la aridez pendiente.
Creo, si mal no leo sus vocablos, que
Ansían el fin de nuestra civilización,
De nuestra filosofía, de nuestro discurrir.
Si algo, les parecemos pites mentes en evolución,
Eco mayestático de nuestra pizca, impertérrita existencia planetaria.
Nos anuncian, día a día,
Al canto de cada uno de ellos que cae, que fenece,
La propia masacre venidera.
Predicen la desdicha próxima.
Peor aún, anticipan que será vertiginosa.
Nos saben desesperados por morir.

Saben que tu tos, tu fiebre, el basurero, el cemento, el deshielo de glaciares,
Vaticinan,

Hecatombe.
Teorema:
Nos anteceden y nos sobrevivirán.
Son superiores por Naturaleza.
Excelsos.
Los preferidos.
Perennes.
Se les halla altaneros,
En derredor,
A la vista.
Los hay altos, anchos, menudos y petisos.
Los coloridos y los oscuros.
Abarcan lo seco, lo húmedo, lo frío y lo hirviente.
Se erguen cabríos, habitando silenciosos nuestro mundo,
Incluso en lo más íntimo de nuestro pensar.
– Recuerden de infantes, un árbol propio, uno amigo, uno familiar -.
Son tantos, y tan serenos,
(bella esa afonía)
Que a tientas sugiero,
Nos heredarán.
Oigan cuando se mecen,
Con el castañeo de sus frutos, nueces y semillas,
Haciendo sonoro su callo vocablo, cómo
Nos catequizan.
Perciban ésta caución al derribarlos,
– tronando, uno a uno al caer -,
Que la Tierra no nos es propia.
Seremos eliminados, nos corresponde por infectos.
Sucumbirán los Humanos antes que los árboles.
Es verdad.
Es ciencia.
Es la teología del Planeta.
Es el Armagedón galáctico.
Escuchen, Hombres-Bestias, de voraz desatino:
Seguimos campantes, en esta lenta, trágica,
Desaparición.
(hablo de extinción ¿entienden?)
Quiero ser incisivo:
Es el fin eterno.

El nuestro y el de nuestro Dios; como lo conocemos.
Creo oírles cuando desafían, heridos de muerte, nuestra permanencia planetaria.

¿Los oyen Ustedes también?
¿Han visto desiertos, derrumbes, inundaciones, muerte?
¿Por causas naturales?
Real todo.
Así gritan su verdad.
Así alarman.
De seguir así,
El alma del Hombre y su obra magnífica en la Tierra,
Ya no lo serán más.
Nos cabe entonces un último adiós:
El de ayer.

Autor: Juan Manuel Soto

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